CRISPÍN.
Aún el alba no muestra su claridad, cuando Crispín, el albañil del pueblo, inicia la tarea de recolectar la leña para el fuego que dará calor a su rancho. El frío del sur, en pleno invierno, retarda a su compañera que se niega a dejar el calor que ofrecen las pocas mantas con que se cubren.
Con la tenue luz que da su lámpara de kerosene, Crispín va hacia el fondo de su propiedad para transportar los gruesos trozos de madera que servirían de combustible.
En la casa, Clementina, su compañera, se predispone ya a preparar el infaltable mate amargo, ella, hacía días que intentaba aprovechar ese momento de profunda paz y unión para comentar a Crispín que, según Simona, la partera del pueblo, su retraso es debido a que, en su vientre, la vida había dejado su marca, una vez más.
Escucha el chirriar que produce el rodar de la vieja carretilla de su compañero. Se asoma a la puerta para poder recibirlo, sus ojos irradian alegría, sus labios se iluminan, ¿cómo no?, si allá afuera, su compañero no hacía más que entregarse al trabajo honesto, para ella, sus dos hijos que aún dormían y con el tercero latiendo en su interior.
En ese instante de alegría Clementina se sumerge en la nube del recuerdo; hacía diez años atrás que habían decidido unir sus vidas aquel 19 de noviembre, fecha en que Crispín celebraba también un año más de vida. Desde que Clementina lo conoció, él fue el ayudante de albañil y luego de años de oficio asumió en forma independiente, ganándose el respeto de los vecinos, incluso pobladores de las compañías vecinas lo buscaban para solucionar problemas de goteras, construcción de letrinas y hasta la bella casita construida para el intendente del distrito vecino, era de Crispín.
Ella se dedicó desde pequeña a bordar, oficio aprendido de su madre. También lavaba y planchaba. En aquel tiempo, el planchado se hacía con la pesada plancha de hierro cargada con brasas de carbón. En más de una ocasión tuvo dificultades, quemándose o quemando la prenda ajena, situación que la llevaba a pasar malos momentos pues, no siempre las patronas eran comprensivas. Aún recuerda la vez en que había quemado la camisa de ao po´i rojo del intendente que debía ser utilizada en un acto político. Tremendo reto se llevó, Clementina no dijo ni una palabra, se tragó sapo pues en situaciones como estas se ponía colorada y no podía responder. Si tan solo las telas que tenía cerca adquiriesen el color de su rostro, hubiese podido solucionar el problema.
Los pobladores nunca pudieron explicarse cómo surgió la magia entre Crispín y Clementina, pues ella, muchacha tímida como nadie y él desde joven dedicado únicamente a trabajar. Pero ambos pudieron reconocer en el otro las cualidades que hacían posible la convivencia, ese reconocimiento que, según algunos, surge ante el encuentro del amor verdadero.
Ante el asombro de muchos, incluso de los padres de Clementina, un día Crispín se presentó a la casa que distaba unos kilómetros del pueblo, pidió hablar con el padre y la madre de la joven que en poco tiempo cumpliría los 19 años. Los padres de Clementina, en medio del amor y el celo por su hija, no pudieron negarse ante aquel joven humilde, reconocido por su laboriosidad.
No se percató Clementina de los minutos que habían pasado, hundida en ese lago de recuerdos, en su felicidad. Ya el día había llegado; el gallo había dejado de cantar. El chirrido de la carretilla, también. Crispín no estaba, no llegó.
Después de años de soledad y amargura, Clementina sigue oyendo aquel sonido, el chirrido de la carretilla; cada amanecer trae consigo la invisible marca de la huida, la partida, la incertidumbre, la pérdida. Nunca hubo cuerpo, ni noticia, solo nada, silencio, entre algunos relatos magníficos de seres sobrenaturales, incluso.
El amanecer de la campiña se había llevado a Crispín, ¿quién más?
Redacción que surge como trabajo académico de la carrera. El relato cuenta con emociones y sentimientos autobiográficos y la pérdida de Crispín, en la realidad, se debió a elementos sumamente conocidos pero que no pudo, él mismo, superarlos.
Pilar – Paraguay. Año 2009.
Flor silvestre - Pilar - Paraguay.
Mujeres.
En una desolada y aún deshabitada zona que distaba minutos de la capital, se mudaba con su familia, huyendo del desempleo y la miseria del campo.
Ella dotada de grandes virtudes humanas y divinas , con esfuerzos sobre humanos lograba hacer frente a todo tipo de adversidades y criar a sus tres hijos.
Aunque la fortaleza y el dinamismo se reflejaba en su rostro, era tan vulnerable al dolor y a la soledad. La vida no le había otorgado un compañero de lucha, o ella no supo elegirlo, pero ese compañero le dio hijos.
De día era el trabajo y de noche el sueño actuaba de analgésico y tranquilizaba los ánimos.
El amanecer era también el despertar de la esperanza, pero con el tiempo, la esperanza moría.